Qué puto amigo.

A los doce años conocí a una persona muy importante: un amigo que apareció justo en el momento más inoportuno donde todo parecía perdido; cuando la situación no podía ser más compleja. Se trataba de una mala racha en la que las lágrimas ganaban un protagonismo clave. Por eso aquello me hizo tanta ilusión. Tal vez había dado con quien poder encajar de una vez por todas, aunque al principio no fuese nada fácil. Al fin y al cabo, después de una gran traición la confianza temía salir a flote. Sin embargo, con el tiempo mejoró: hablábamos mucho, jugábamos a videojuegos y compartíamos decenas de experiencias increíbles. Todo lucía genial, la verdad.

Lo que no esperaba para nada fue su profunda negatividad. No es que nos comportásemos de forma diferente; sino que la cosa comenzó a cambiar a partir de sus “qué más da, si saldrá mal”. Le contaba mis problemas, mis dudas y temores, y siempre respondía igual. Odiaba luchar, avanzar y apostar. Se cegaba a sí mismo opinando que mejor no empezar para evitar hacerse daño. Pero su pésima visión iba más allá: le aterraba todo, y eso le hizo construir una celda de la que se negaba a salir. Simplemente se quedaba quieto viendo pasar el tic tac; viviendo sin vivir. No valoraba nada y cavó su propio pozo.

Si esto ya suponía un auténtico problema, imaginaos cuando me arrastró. Como era lógico, él también me contaba sus batallas, y yo siempre hacía lo imposible por ayudarle, animarle y sacarle adelante. No obstante, su juicio totalmente nublado se tragó toda mi positividad. Me había contagiado la desilusión, la desesperanza y las ganas de abandonar. Sin quererlo ni beberlo, me había destruido. Me movía por el mundo con sus ojos.

Con todo ya perdido, milagrosamente un pequeño atisbo de luz se posicionó sobre nosotros: se llamaba Odi.

Este nuevo amigo nos rescató de aquel agujero, aunque no sabría si sentirme satisfecho por ello. El otro era tóxico, sí, pero este tampoco se alejaba mucho. Basaba su existencia en el absoluto egoísmo, en la falta de empatía y en la idea de alimentarse interesadamente de los demás. Todo para su propio beneficio.

Fue una forma horrible de salir de allí. En ocasiones lo pienso y ojalá haberme quedado atrapado. Me llevé buenas almas por delante; las aplasté. Enrojecí la mía; la infecté. Supongo que por eso congeniaron tan bien. Se compenetraban en sus horribles pensamientos y me liaban con excusas y argumentos que no debí ni plantear. Idiota de mí…

Así, el tiempo pasó, y finalmente estallé. Discutimos mucho y Odi se marchó. No quería aguantarle más. Sencillamente no sufriría su infernal falta de humanidad; aunque parezca irónico.

Obviamente, el que consideraba mi amigo se enfadó bastante. Sin embargo, y por suerte o por desgracia, estaba estrechamente unido a mí. Costó que me lo dejase de echar en cara y lo olvidara. Se había convertido en una espina clavada que utilizaba de forma recurrente cuando nuestra relación se enfriaba. Oficialmente nos habíamos quedado nosotros dos solos, pero la tensión en muchos aspectos seguía en el aire.

Admito que logré acariciar cierta libertad y anduve algo más ligero. Podía limpiar mi fantasma e intentar recuperar mi verdadero yo. No obstante, la vida no es tan bella, ¿verdad? Todavía me arrebataba cada pequeña pizca de esperanza, y mi paciencia llegaba a su límite. La droga pasó a ser un acompañante habitual a raíz de sus delirios. Derribó los dos únicos pilares que me sostenían. Me harté.

Acabé pidiéndole que se fuera por propia iniciativa; y, como era de esperar, lo rechazó. Tenía claro que yo no quería compartir más mi camino con él, así que decidí alejarme muy lejos tras haberle propinado la única paliza de la que me sentiré orgulloso.

La solución resultó exitosa y el Sol brilló por fin. A partir de entonces pude centrarme en atravesar el muro que aquel capullo colocó en torno a mí. Y hasta pensé que a largo plazo podría encontrarme mejor que antes de que todo comenzase.

Sin embargo, los años pasaron, y, aunque es cierto que debemos lanzarnos ante la pequeña posibilidad de que algo llegue a funcionar, la cosa no acabó pintando bien: descubrí que nunca se había ido. Siempre estuvo en mi cabeza cual demonio del hombro que solo quiere vernos arder. Me había contagiado el agobio, el pesimismo, la ceguera para lo bueno y la obsesión por lo malo. Actualmente me echa atrás, me hace fallar, o simplemente me hace creer que he fallado o fallaré tarde o temprano; incluso aun teniendo la certeza de que no.

Sé que no debí haberle conocido, y mucho menos haberle aguantado. Y ojalá algún día desaparezcas realmente. Estoy cansado de no poder respirar y continuar.

Qué te den, puta Ansiedad.

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